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miércoles, febrero 08, 2006 

Ad continuationem

En el postulatio del día de hoy, queridos plebeyos vamos a tratar de la felicidad.
Qué es, después de todo, la felicidad? Es acaso un estado anímico de un momento determinado en el que alguien se encuentra feliz? Ad ex. : Estoy feliz de volver a veros, amigo mío. O será mas bien un instante breve, como la felicidad de matar en combate a un enemigo del pueblo o estado, a alguien que corrompe el mismo desde dentro, trata de destrozar su unidad o simplemente lo lleva a la ruina?

Yo opino que la felicidad es algo más amplio, que si bien puede desencadenarse en un momento puntual (una boda, por ejemplo) o terminar en otro instante bien definido (la muerte del cónyuge, la falta de recursos o la deshonra), tiene una duración larga, años incluso. Creo que es un estado en el que se afronta la vida con alegría y energía, y que resiste a los contratiempos temporales, como los problemas con los siervos o los conflictos en las lindes de tu terreno con los del infame del vecino que mueve los mojones y se permita cazar en tus tierras.

Pues bien, yo soy feliz, y espero que vosotros lo seáis tanto, al menos como yo.
No tengo una razón especifica. La mera ausencia de problemas importantes (no son importantes las pequeñas discrepancias con algunos de los hermanos del monasterio donde recibo mi educación acerca de los conocimientos que se consideran suficientes para la culminación con éxito del trivium) me hace sentir agradecido con Dios Todopoderoso y con el mundo en general. El hecho de que, por ser de natural desenfadado y extrovertido disponga de amigos con los que pasar agradables veladas de charla ante un ternero recién sacrificado y puesto al horno, también contribuye a mi felicidad. Mis amados progenitores, aún con su férrea disciplina y los naturales enfados que se derivan de la convivencia, son personas y amigos que siempre me ayudan en los problemas, que me aconsejan, y que me han hecho tal como soy.

Sin embargo, la felicidad no viene así como así. Hay que desearla, buscarla en los pequeños detalles que hacen la vida realmente placentera. Ver a una persona sonriendo por la calle, mirando al cielo y al mundo con alegría es para mí motivo de alegría. Poner la radio y escuchar inesperadamente una de mis canciones predilectas, también.

Es por todo ello que no comprendo a la gente que, estando n idénticas o similares circunstancias a las mías, incluso mejores, se empeñan en considerarse infelices o eternamente deprimidos. Me causa no ya sorpresa, sino pena. Se trata de gente que no valora lo que tiene, y que yo ya he citado (familia, amigos, novia, riqueza), y que siempre anda quejándose ante los demás. Se consideran abandonados de la bondadosa y protectora mano del altísimo por cualquier molestia.
Ex: -Me ha picado un mosquito en la tercera falange del meñique de la mano derecha, la vida no tiene sentido, estoy dejado de la mano de Dios.

No, hombre, no, así no se puede vivir. La vida lleva implícita en ella misma los problemas; si no conociéramos las desgracias y la infelicidad, ¿Cómo sabríamos lo que es la felicidad? Los opuestos, no solo se atraen, sino que no tienen sentido el uno sin el otro. Hasta, los que creen que la vida es un camino sembrado de rosas, saben que tras esas rosas se esconden las espinar que en un descuido se clavan. Pero eso no significa que el camino sea de púas, sino que debemos valorar más la belleza de las rosas, su fragancia, su colorido, los bellos sentimientos que evocan en nosotros que el dolor que nos causa una espina fortuita, que es lo que valoran más los débiles de espíritu.
Así creo que son las cosas.